miércoles, 29 de octubre de 2008

Derechos Humanos: ¿A quién le va peor?

El informe sobre Derechos Humanos en Venezuela, preocupante y todo, gotea mucha menos sangre que los que suelen hacerse sobre Colombia.

Luego de leer el reciente informe de Human Rights Watch sobre la situación de Derechos Humanos en Venezuela durante el gobierno de Chávez –a raíz del cual fue expulsado José Miguel Vivanco de este país- , uno concluye que la democracia y las libertades fundamentales no pasan por su mejor momento entre nuestros vecinos. Libertad de prensa, independencia entre los poderes, derecho de asociación, libre oposición, son todas cuestiones que el gobierno de Chávez sistemáticamente amenaza e, incluso, limita.

Sin embargo, como colombiano me llama la atención cierta peculiaridad de ese informe. Y es que pese a las duras condiciones para el ejercicio de las libertades en Venezuela, ese informe ¡gotea muchísima menos sangre y cuenta muchos menos muertos que los informes de derechos humanos sobre Colombia!

No aparecen en el informe sobre Venezuela masacres, fosas comunes con 200 cadáveres, ejecuciones extrajudiciales, patrullajes conjuntos de militares con bandas de asesinos, falsos positivos, amenazas de muerte contra defensores de derechos humanos, asesinatos de sindicalistas o lideres sociales, etc.

Las palabras que más resaltan y abundan en el informe sobre Venezuela son: “intimidación”, “censura”, “discriminación”, “antidemocracia”. Y no las del tipo: “asesinato”, “tortura”, “vinculado” (con paramilitar o mafioso), “desaparición forzada”, “crimen”, etc.

Esto no quiere decir que la situación política de Venezuela esté bien o que no haya motivos para protestar frente a un gobierno tan antidemocrático como el de Chávez. Lo que sí quiere decir es que, en materia de derechos humanos, en el mundo hay países que están peor, ¡mucho peor! Y Colombia entre ellos.

miércoles, 5 de marzo de 2008

VIVIENDO EN LA GUERRA FRÍA

El actual conflicto diplomático colombo-venezolano parece una reedición de la Guerra Fría, con “lacayos imperialistas” enfrentados” a “terroristas marxistas” auspiciados por un Estado que intenta resucitar el viejo comunismo del siglo pasado.

La Guerra Fría, aquella confrontación global entre comunismo y capitalismo, finalizo en 1989 con la desintegración de la Unión Soviética y el derrumbe del bloque comunista. Sin embargo, la actual crisis diplomática entre Colombia y Venezuela parece evidenciar que en esta parte del mundo las viejas formas de plantear los conflictos y los antiguos esquemas mentales propios de la confrontación entre el comunismo y el capitalismo siguen teniendo fuerza. Esta crisis presenta todas las características de aquellos conflictos típicos de la Guerra Fría: un Estado, aliado de uno de los bloques de poder, acusa a otro Estado, aliado a su vez del bloque opuesto, de auxiliar a una guerrilla interna que intenta derrocarlo.

Pero si el actual conflicto colombo-venezolano recuerda la Guerra Fría es por algo más que una mera casualidad histórica. La semejanza obedece, más bien, a que los procesos políticos internos tanto de Colombia como de Venezuela aún continúan enmarcados dentro de la dinámica de la Guerra Fría. Los rumbos políticos tomados por estos dos países durante aproximadamente la ultima década los han llevado a reconstruir en sus escenarios internos modelos políticos basados en concepciones dominantes durante la Guerra Fría. En el caso venezolano esto es patente: el proyecto del “socialismo siglo XXI” de Hugo Chávez no es más que una reedición del viejo comunismo autoritario y antidemocrático del siglo XX. En el caso colombiano la cuestión no es tan evidente dado el pluralismo democrático del país; sin embargo, es claro que la fuerza política dominante, el llamado uribismo, es un proyecto político que basa su propuesta esencial, la llamada Seguridad Democrática, en formas de ver el conflicto bastante análogas a las de la vieja Doctrina de la Seguridad Nacional: existe un enemigo interno que ampara sus operaciones de desestabilización en instituciones legales (sindicatos, intelectuales, instituciones defensoras de los derechos humanos, la prensa). Esta reformulación de la Doctrina de Seguridad Nacional es en buen parte una respuesta de los sectores más conservadores de la sociedad colombiana a la pervivencia de una guerrilla típica de los días de la Guerra Fría.

De este modo, tanto Venezuela como Colombia aún viven internamente procesos característicos de la Guerra Fría: si en Venezuela se intenta resucitar el cadáver del comunismo, en Colombia aún no hemos logrado superar un conflicto interno propio de aquella época y, al contrario, el gobierno de turno parece enfrentar el problema reformulando una ideología propia también de aquella época. La ideología anti-comunista (que ve conspiradores comunistas, ahora se diría terroristas, en todo lado), el macartysmo, la visión de que la criticas de la oposición son connivencias con la guerrilla, la poca receptividad hacia los cuestionamientos hechos por defensores de derechos humanos a quienes se ve como defensores (“idiotas útiles”) del terrorismo, la poca voluntad para develar las estrechas alianzas de agentes estatales con grupos ilegales que dicen combatir a la guerrillas, etc., todas estas son posiciones que el actual bloque de gobierno promueve y que tuvieron una formulación original en la Doctrina de Seguridad Nacional. El uribismo, al igual que las FARC, vive ideológicamente anclado en otra época.

Pero estos procesos internos de Venezuela y Colombia han terminado por chocar en el plano externo dada la evidente afinidad ideológica (y al parecer apoyo expreso) del “proyecto bolivariano” de Chávez con las FARC. Esta organización es la chispa que ha hecho colisionar los polos opuestos del “comunismo bolivariano” venezolano y la derecha retardataria que hoy gobierna Colombia. El escenario de un típico conflicto de Guerra Fría se completa con la influencia norteamericana en la región: respaldando el proyecto político del uribismo y buscando contrapesar la rueda suelta en la estabilidad regional que representa el chavismo.

Que tal escenario perviva en Latinoamérica es una muestra de las grandes dificultades que enfrenta nuestra región para construir sociedades progresistas en las que la democracia y el bienestar socioeconómico vayan de la mano. La tenaz persistencia con que sectores tradicionalmente privilegiados le ponen cortapisas al avance de la equidad social lleva a popularizar entre las gentes del común soluciones desesperadas (autoritarias y antidemocráticas) como el chavismo. Del mismo modo, en el caso colombiano, la tradicional falta de compromiso por parte de los sectores dominantes para resolver los graves problemas de derechos humanos ha llevado a que el grueso de la población esté poco consciente de los valores básicos de una democracia y sea, por el contrario, terreno fértil para legitimar un proyecto político bastante despectivo con esos mismos valores democráticos.

En síntesis: Colombia y Venezuela están hoy reeditando un conflicto propio de la Guerra Fría debido a que en estas naciones (como en la mayor parte de América Latina) sobreviven las condiciones sociales y políticas de las que se alimentaban esos conflictos. Es inevitable que Estados limítrofes que albergan en su interior problemas típicos de la Guerra Fría y que afrontan esos problemas con los modelos ideológicos y políticos de aquella época terminen enfrentándose: así como un vecino comunista era intolerable para un Estado capitalista (y viceversa), también un vecino “bolivariano” es intolerable para un Estado “aliado del imperio” (y viceversa). Mientras Colombia siga siendo un Estado tan influido por Washintong, que aplica en su interior una versión actualizada de la Doctrina de Seguridad Nacional y que no logra resolver su conflicto interno, y Venezuela siga siendo la “Republica Bolivariana” que se autoproclama adalid “antiimperialista”, el conflicto será inevitable. Es inevitable que dos Estados que configuran sus órdenes internos en formas tan diametralmente opuestas y con relaciones internacionales tan diversas no terminen por chocar. El “proyecto uribista” y el “proyecto chavista” chocaran siempre, a veces hasta niveles peligrosos como los actuales, mientras estén uno al lado del otro.

De alguna forma, en el actual conflicto diplomático la confrontación vuelve a ser entre capitalismo y comunismo (aunque con nuevos nombres) con la democracia perdiendo por igual en los dos modelos bajo la justificación común de la lucha contra el enemigo: los “lacayos imperialistas” de allá y los “terroristas” de acá.

viernes, 8 de febrero de 2008

¿Por Cual Camino Pasa la Marcha? (Segunda Parte)


Luego de la marcha del 4 de febrero los colombianos quedaron embargados por un fuerte sentimiento de Unidad. El país, la mayoría de él -hasta los que no concurrieron a marchar pero se solidarizaron con la movilización- se siente vinculado a un propósito común; siente que por fin ha sucedido algo que hacia rato tenía que suceder: despertamos todos al tiempo para vibrar al unísono. Por fin hemos superado las divisiones y se ha alcanzado una especie de “acuerdo sobre lo fundamental”: “no a las FARC”…El que no se una a esta fiesta colectiva es porque ¡algo muy raro debe tener!

Sin embargo, uno puede preguntarse: ¿qué tan valiosa es esta unidad? ¿qué tan positivo es ese sentimiento colectivo de que toda la nación esta de acuerdo sobre algo? ¿qué tanto nos permite avanzar en la solución de los conflictos que hoy vivimos? ¿hacia donde nos lleva?: ¿hacia la salida al conflicto armado? ¿hacia la liberación de los secuestrados? Esta unidad, este sentimiento: ¿nos abre la mente a los colombianos para crear o encontrar caminos de paz? o, más bien, ¿se trata de una masiva voz afirmando que las cosas van bien del modo que van, que el manejo que se le ha venido dando tanto al conflicto como al tema de los secuestrados es el más indicado?

Corrientemente la unidad entre las personas es alabada. Cuando hay unión parece que todos tendemos al mismo objetivo y la unidad de esfuerzos nos permite lograr más fácilmente el propósito común. La unidad permite avanzar más que la división. Sin embargo, si piensa detenidamente, más importante que la unidad de fines y objetivos, es la habilidad para elegir los medios más indicados para lograrlos. El asunto importante, y hasta delicado, no es tanto que todos tengan la misma meta sino si los que la tienen, pocos o muchos, tienen también los medios adecuados para lograrla.

En Colombia se hace mucho énfasis en las metas que nos deberían unir, pero sin embargo marginamos (preferimos olvidar) las discusiones sobre los medios para lograrlas. Todos queremos la paz pero no reflexionamos mucho sobre los medios para lograrla; estamos de acuerdo en decir “no a las FARC” pero poco discutimos sobre los caminos para derrotarlas; queremos la libertad de los secuestrados pero no discutimos muchas propuestas para conseguirla, etc., etc. Nos gustan mucho las consignas abstractas, que expresan propósitos comunes, pero hacemos a un lado la discusión sobre los mecanismos concretos para implementarlos.

Lo que sucede es que discutir sobre medios para lograr fines puede ser bastante incomodo de enfrentar. Con las metas y propósitos comunes no pasa lo mismo: todos podemos declararnos fácilmente a favor de las causas nobles: de la justicia y la libertad, por ejemplo. Pero la cuestión se puede complicar cuando nos preguntan sobre los medios para hacer realidad “la justicia” o implementar “la libertad”. Muchas personas pueden ser partidarias de métodos y medios impopulares de lograr esas cosas. Por eso las dictaduras no hablan de los medios sino de grandes ideales (libertad, independencia, la patria). No dicen: “vamos a coartar las libertades, perseguir a los opositores, torturar a los disidentes y encarcelar a los críticos”. Dicen en cambio: “restauramos la justicia, protegemos la libertad, gobernamos por el bien de la patria”. Predicar un ideal común que todos aman es fácil, defender abiertamente los medios en que se cree puede, para muchos, ser bien enojoso.

Sin embargo, pese a esto, cuando una sociedad (o la opinión pública mayoritaria) está unida en torno a un propósito común (decir “no a las FARC”, por ejemplo), aunque haya creído ahorrarse la discusión y elección de los medios para lograrlo (confrontación militar o dialogo, por ejemplo), en realidad ya lo ha hecho: los propósitos comunes sólo son medios, instrumentos, que no queremos ver como tales y preferimos ver como causas nobles o grandes ideales. Las personas no suelen ver, por ejemplo, una guerra como un medio para lograr algo (dominio, riqueza, petróleo, o lo que sea) sino como una “lucha por la libertad”; no ven una alianza política como un instrumento para obtener algo (el poder, digamos) sino como “el logro de la unidad nacional”. La política suele funcionar gracias a esta voluntad de autoengaño.

Así, cuando simplemente creemos (y queremos) decir “no a las FARC” y nos sentimos unidos en una noble causa (decir “no a las FARC” es sinónimo de “amor por la libertad” y significa rechazo a quienes la niegan), en realidad estamos aceptando determinados medios para decir no a las FARC…Estamos eligiendo un especifico camino para enfrentarlas. Y preferimos autoengañarnos porque a nadie le gusta reconocer abiertamente y sin tapujos “!sí, estoy de acuerdo con los medios de la guerra para derrotar a la guerrilla!”, “!sí, prefiero sacrificar a los secuestrados que rendirse a las peticiones de las FARC!”, “!sí, prefiero que ellos mueran a dar temporalmente un milímetro de despeje”. Por eso se prefieren los enunciados abstractos, neutrales (“no a las FARC”): porque parecen más puros, no comprometidos, sin implicaciones concretas problemáticas, en fin, sin problemas para la conciencia.

La marcha del 4 de febrero se planteo en estos términos: no se quería hablar de acuerdo humanitario, de despeje, del camino de la guerra o del dialogo. No se quería hablar de propuestas concretas, sólo del gran ideal: “¡si a la libertad!”. Por eso recibió el apoyo de los medios, de los empresarios que facilitaron a sus empleados asistir, del Estado que puso a sus funcionarios a marchar. No se hablaba del camino por el cual avanza el conflicto colombiano, no se discutía cómo traer a los secuestrados -cuya libertad se dice desear- de vuelta. No quedaba en cuestión, en interrogante, la política actual del gobierno sobre el tema de los secuestrados.

En cambio, quienes proponen el intercambio humanitario, incluso si implica el despeje de territorio, defienden una propuesta concreta, apuestan por un camino concreto de liberación: creen en un ideal y ponen sobre la mesa las cartas para realizarlo. Quienes se les oponen, aquellos que creen que despejar es “entregarle el país a la guerrilla”, cuando se les pregunta por la libertad de los secuestrados dicen “sí a la libertad, pero…”, “sí nos interesan los secuestrados, pero…” Y esos “peros” son la negación de todos sus “sí”.

A los colombianos hay que empezar a exigirles compromisos concretos con medios y mecanismo: ¿o quieren la guerra o quieren la paz? o mejor formulado: ¿o buscan (inconcientemente) la guerra o buscan (conciente y activamente) la paz? ¿O trabajan para regresar a los secuestrados o siguen como van? Propuesta concretas, no más legitimaciones tacitas del camino que hasta ahora llevamos.,

martes, 5 de febrero de 2008

¡Ni Un Milímetro…! (Primera Parte)



Los colombianos cada día se acostumbran más a la idea de que la responsabilidad por la liberación de los secuestrados compete solamente a las FARC. Nos estamos enseñando a que el camino para obtener la libertad de los secuestrados depende de que las FARC reconozcan el repudio generalizado a sus acciones y entreguen voluntariamente a los secuestrados. Nos estamos acostumbrando a que lo máximo que se puede hacer desde aquí, desde la libertad, por quienes están allá en la selva privados de ella, es rechazar a las FARC y reclamarles, exigirles, la “liberación inmediata y sin condiciones” de los secuestrados. No estamos haciendo a la idea, en fin, de que toda responsabilidad por la libertad de los secuestrados depende de la voluntad de las FARC y estamos pensando que esa voluntad (forrada en plomo al parecer) puede ser siquiera rozada por nuestras exigencias por más vehementes que sean.

Pero la verdad es que adoptar estas ideas es no darse cuenta que para traer los secuestrados de regreso se necesita que quienes estamos afuera adoptemos una posición más activa. El problema no es sólo de rechazar a las FARC sino de desarrollar mecanismos concretos mediante los cuales las FARC liberen a los secuestrados. Se necesitan más acciones, más propuestas sobre cómo hacerlo, más iniciativas acerca de que medios emplear para obtener su libertad. Se trata, más bien, de ponerse en contacto con las FARC, hacerles propuestas e implementar mecanismos para la liberación. En pocas palabras hay que negociar.

Talvez esta estrategia de negociar con las FARC no goce de la simpatía de quienes prefieren aferrarse a un rechazo emocional de aquellos que ven como terroristas o como asesinos, pero hay que darse cuenta de que esta actitud de simple repudio sólo es útil para la conciencia de quienes afortunadamente disfrutan de la libertad pero no para los secuestrados. Nuestro odio y repudio a las FARC pueden crecer y manifestarse públicamente de mil maneras (incluidas multitudinarias marchas) pero eso sólo sirve para reafirmar ese mismo odio y amplificarlo en un sentimiento colectivo que a lo mejor nos hará sentir satisfechos en el plano individual pero que no nos acerca ni un milímetro a la libertad de los secuestrados. Si no se hace algo, sino se implementa un plan o propuesta para traerlos de regreso, todo ese rechazo visceral a las FARC, justificado pero inútil, solo habrá sido útil para quienes hoy lo explotan políticamente.

Hay quienes piensan que negociar la liberación de los secuestrados es entregarle el país a las FARC, es rendirse. Pero pensar eso es lo mismo que pensar que quien paga un rescate para salvar a un familiar secuestrado esta rindiendo el país a las FARC o es un financiador del terrorismo. Todos y cada uno de quienes hoy se oponen rotundamente a la opción de negociar con las FARC, de tener los medios económicos para hacerlo, pagarían gustosos el rescate que les pidieran con tal de salvar a un ser amado. Y es que en todo esto de los secuestrados existe una gran insensibilidad frente al dolor ajeno (la gente se moviliza más por el odio a las FARC que por el retorno efectivo de los secuestrados), una gran incapacidad para ponerse en el lugar del otro: décadas de guerra y sufrimiento, para una inmensa mayoría sólo vistos por televisión, han incubado en nosotros odio por los victimarios (que en algún momento podrían llegar a ser también nuestros victimarios directos) pero nos han inmunizado frente al dolor (y soledad) de las victimas y sus familias.

Las razones que se dan habitualmente para no negociar: “la dignidad y seguridad de la patria”, “la patria que estaba entregada a los bandidos”, “los milímetros” que no se ceden ante el enemigo, son solo justificaciones grandilocuentes para justificar como causa nacional lo que no es más que insensibilidad ante las victimas del conflicto en nuestro país. Frases inmensas para decorar conductas mezquinas basadas por igual en el odio y la indiferencia.

La Gran Marcha del 4 de febrero no fue organizada por el gobierno y quienes la promovieron mantuvieron su autonomía en el mensaje que pretendían dar. Pero esa movilización sí fue el gran escenario de consolidación de la estrategia de la pasividad: tirarle el balón de la liberación a las FARC y dejar la cuestión de la liberación es sus manos. Por eso el establishmenth (medios, gremios, coalición de gobierno) apoyo de tal manera una anónima iniciativa nacida en facebook y que por si sola no hubiese tenido mayor fuerza: la marcha no se comprometía con un camino específico para liberar a los secuestrados, no discutía si era mejor el acuerdo humanitario o la zona de encuentro, si había que despejar o no; la marcha se limitaba a decir “no a las FARC”, algo que se acomoda muy bien a la actitud del gobierno frente al tema de los secuestrados: librar cualquier responsabilidad en las posibilidades para su liberación y cargar esa responsabilidad en manos de las FARC.

Tras esta marcha los colombianos se sienten más unidos que nunca contra las FARC. Pero, por otro lado, se confirmo lo lejanos que están de se capaces de proponer, de comprometerse con una propuesta activa para la liberación…Lo lejanos que están tender caminos desde la libertad hacia la selva en que se deterioran los secuestrados. Lo lejanos que están de comprender que un milímetro de terreno puede representar todo un mundo de libertad para quienes hoy no la tienen.